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Salud Pública

Por Jon Bonfiglio

Octubre 18, 2026 03:00 a.m.

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      Esta semana nos llegó la noticia que en San Luis Potosí, hasta la fecha, se acumularon 18 casos registrados de sarampión durante el 2026. Suena poco. No obstante, en 2025, la cifra fue de 6 casos, con solo 1 en 2024. Desde el 2020 hasta el 2023, de hecho, no hubo ningún caso de sarampión en el estado. Ni uno.

      Visto de este modo, analizar las cifras en frío no resulta un indicador útil; lo que estamos presenciando, en realidad, es el resurgimiento de una enfermedad que las campañas de vacunación y las medidas de salud pública habían logrado erradicar casi por completo, tanto en el estado como en el conjunto del país.

      San Luis Potosí no es un caso aislado. A nivel mundial, el sarampión está en aumento debido a la disminución de las tasas de vacunación infantil, a las interrupciones en los sistemas de salud tras la COVID-19 y a la reticencia a la vacunación. Según una cifra plenamente extraordinaria, los casos de sarampión a nivel global alcanzaron a ser 10,3 millones en 2023 y continuaron aumentando durante 2024, 2025 y 2026. Y —mucho peor— se estima que casi cien mil personas —en su mayoría niños menores de cinco años no vacunados— fallecieron a causa del sarampión en 2024.

      Por su parte, el continente americano es un foco importante del aumento de casos; la Organización Panamericana de la Salud (OPS) notificó 47.459 casos confirmados y 44 fallecimientos en toda la región al 18 de julio de 2026, lo que representa la cifra más alta de casos en más de dos décadas. Concretamente, México ha registrado 12.255 casos y 17 fallecimientos hasta la fecha este año. En este momento, la OPS clasifica el riesgo general para la salud pública en las Américas como "muy alto" debido a la transmisión activa, las brechas de inmunidad y la alta movilidad de la población.

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      De estos tres factores, el contacto humano y la movilidad de la población son, en el mundo moderno, elementos prácticamente ineludibles; sin embargo, es en las brechas de inmunidad donde reside el aspecto más relevante de la situación. Y es que, cuando una enfermedad ha sido erradicada —total o casi totalmente—, no hace falta un brote masivo para que vuelva a arraigarse: bastan focos aislados de transmisión para que el patógeno recupere terreno. Por otra parte, al hablar del sarampión, en realidad el tema no es el sarampión en sí, sino a este como un indicador de deficiencias en las medidas de salud pública; deficiencias que, en gran medida, no se deben a las políticas gubernamentales —aunque éstas siempre sean susceptibles de mejora—, pero a una desconfianza actual hacia las campañas de vacunación.

      Quizás la tendencia ya apuntaba en esa dirección, pero no se puede subestimar el impacto de la COVID a este respecto; y es que el daño no reside únicamente en los efectos de la propia enfermedad sobre la sociedad, mucho más en cómo la gestión de la pandemia por parte de los gobiernos —a escala internacional, no solo en México— ha provocado una desconfianza generalizada hacia las políticas de salud pública. Se trata de un problema global de gran envergadura, del cual el aumento en los casos de sarampión es una clara consecuencia.

      En última instancia, de lo que estamos hablando es de una cuestión de confianza; algo que, en realidad, no solo atañe a la salud pública, sino a toda nuestra relación con los representantes electos. Y no es que los gobiernos en México —ya sea a nivel federal o regional— hayan considerado esto una prioridad; de hecho, ha ocurrido todo lo contrario durante la historia. Por tanto, la confianza de la ciudadanía en los gobiernos ya partía de un nivel muy bajo.

      Sin duda, se trata de una montaña que hay que escalar; los políticos aún no han advertido su existencia, ni han comprendido que no es posible rodearla, sino que debe ser ascendida. Ningún partido político ni candidato puede afrontar este desafío por sí solo. Es necesario llegar a una toma de conciencia colectiva y, más aún, establecer un pacto conjunto para abordarlo. Si los políticos no logran reconocer esta verdad fundamental y actuar de manera colectiva, todos seguiremos siendo mucho más pobres y, como consecuencia, sufriremos un padecimiento compartido. En este contexto, la salud pública no solo constituye una cuestión crucial en sí misma, sino también es un indicador fundamental. Las cifras relativas al sarampión nos revelan mucho más que el simple número de personas que han contraído la enfermedad.