La memoria también habita en las pantallas
Fotografías, mensajes y voces recreadas con inteligencia artificial abren nuevas formas de recordar a quienes han muerto, mientras los rituales tradicionales adquieren otros lenguajes.
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Una fotografía que reaparece en las redes sociales, un mensaje que permanece en una conversación o una grabación de voz que todavía se puede escuchar; los rastros digitales de una persona fallecida pueden seguir presentes en la vida cotidiana después de su muerte y convertirse en una forma de recuperar un recuerdo.
En la era digital, recordar también implica decidir qué hacer con esas imágenes, cuánto compartir y de qué manera mantener un vínculo con quienes ya no están; algunas personas conservan fotografías, videos y audios que sus familiares grabaron en vida; otras recurren a herramientas capaces de recrear sus voces para generar mensajes nuevos, como una felicitación de cumpleaños o incluso una participación simbólica en una celebración posterior a su muerte.
La inteligencia artificial introduce así una diferencia entre conservar un registro y construir una representación nueva de alguien. El gesto puede buscar que esa persona siga presente en una fecha significativa, pero también plantea preguntas sobre los límites entre recordar y recrear, así como sobre lo que significa escuchar palabras que el familiar nunca llegó a pronunciar.
Los retos del duelo en la era digital
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Para la tanatóloga Anabel Gil, el duelo es el proceso emocional que atraviesan las personas ante una pérdida significativa; las fotografías, los videos, los mensajes y los audios pueden formar parte de ese proceso, pues permiten conservar recuerdos y expresar sentimientos. Sin embargo, su presencia en las plataformas digitales también plantea nuevas preguntas sobre la intimidad, el acompañamiento y las expectativas que surgen alrededor de la pérdida.
Publicar una fotografía de una persona fallecida puede ser una forma de recordarla, expresar el cariño que permanece o buscar compañía en un momento difícil; las respuestas de otras personas pueden brindar apoyo, pero la exposición pública también puede generar presión, sobre todo cuando alguien espera reacciones o siente que debe publicar en fechas especiales para demostrar que no ha olvidado.
"El amor no se mide en publicaciones ni en comentarios ni en reacciones", señala Gil. La manera de vivir una pérdida no depende de la cantidad de mensajes que se compartan ni de la respuesta que reciban. Algunas personas encuentran alivio al hablar de quien murió; otras prefieren conservar sus recuerdos en privado, y ninguna de estas formas, por sí sola, permite establecer cómo vive alguien su duelo.
A las publicaciones que cada persona decide compartir se suman los recordatorios que las propias plataformas recuperan de manera automática; una fotografía o un mensaje de años anteriores pueden aparecer en un momento inesperado, incluso cuando alguien no buscaba volver a ese recuerdo. Gil explica que sentir tristeza o nostalgia ante estas imágenes no significa necesariamente un retroceso en el proceso de duelo, también es posible silenciar ciertos avisos o elegir cuándo volver a visitar un perfil conmemorativo.
La inteligencia artificial añade otra dimensión a estas experiencias, las herramientas para restaurar fotografías o generar imágenes a partir de rostros y recuerdos permiten nuevas formas de representar a quienes murieron; sin embargo, también abren preguntas sobre los límites entre conservar una imagen, reconstruir una escena e imaginar una presencia. Gil advierte que, para algunas personas, estas representaciones pueden alimentar expectativas difíciles de conciliar con la ausencia. Su efecto depende de la experiencia y las necesidades de cada quien.
Un recuerdo íntimo al espacio compartido
La búsqueda de nuevas formas de mantener presente a quienes han muerto no ocurre únicamente en las pantallas personales, también alcanza las prácticas colectivas con las que una comunidad recuerda, honra y representa la ausencia; en el Día de Muertos, esta relación encuentra una expresión en los altares y las ofrendas, cuyos símbolos también pueden reinterpretarse mediante recursos digitales.
Las fotografías, los alimentos, las flores y los objetos que integran una ofrenda remiten a personas concretas, pero también forman parte de un lenguaje cultural compartido. En San Luis Potosí, el Museo de Arte Contemporáneo incorporó herramientas digitales a esta tradición con una instalación de videomapping que retoma elementos de Xantolo y los presenta desde una propuesta artística contemporánea.
El artista plástico Raúl G. Robles explica que la intención no fue reproducir un altar tradicional de la Huasteca Potosina ni limitarse a proyectar imágenes sobre una ofrenda convencional; la propuesta retomó personajes como los huehues y los comanches, además de símbolos relacionados con la tierra, el maíz y la muerte, y a partir de ellos, creó dibujos digitales que después se animaron y adaptaron a distintas superficies del espacio.
En su obra, las manos adquieren un papel recurrente, algunas forman la estructura de una milpa que se convierte en un personaje vinculado con la tierra y la vida; desde esta perspectiva, la muerte no aparece aislada, sino dentro de un ciclo que incluye aquello que permite la existencia.
Para Robles, el cambio de formato no elimina el propósito de la ofrenda, "sigue estando la esencia de poder como recordar, de poder memorar y de poder honrar, pero pues simplemente es otro canal y es otro lenguaje", explica.
La propuesta permite observar cómo una tradición puede adquirir nuevas formas de representación sin pretender que una instalación museística reproduzca todos los sentidos y prácticas de Xantolo. El movimiento, la luz y las imágenes proyectadas ofrecen una experiencia distinta de la que proporciona un altar compuesto por objetos físicos, pero la relación con la memoria permanece como uno de sus puntos de partida.
NUEVOS LENGUAJES PARA HABLAR DE LA AUSENCIA
Si las imágenes digitales permiten conservar o recrear recuerdos personales, el videomapping ofrece otra manera de representar la memoria: mediante la luz, el movimiento y las formas que aparecen y desaparecen ante el público.
Leonardo Araujo, responsable del videomapping, encuentra en la tecnología una posibilidad de explorar la pérdida desde otros recursos; la luz, la sombra y las transparencias forman parte de una composición que busca evocar presencias y ausencias sin recurrir a una representación literal.
"Siempre hemos tenido los mismos miedos, al día de hoy le damos un lenguaje diferente", comenta Araujo al reflexionar sobre la relación entre las preocupaciones humanas y las herramientas disponibles para expresarlas.
En este caso, la tecnología no se limita a añadir efectos visuales a un ritual; la animación modifica la forma en que el público observa los símbolos y recorre el espacio. Aun así, el artista considera necesario que los recursos técnicos respondan a una intención conceptual, en lugar de convertirse en un espectáculo sin relación con aquello que se busca comunicar.
Nadia Garza, directora del Museo de Arte Contemporáneo, explica que la propuesta busca acercar los recursos digitales a una tradición reconocible, con imágenes y símbolos que permitan distintas lecturas. La posibilidad de incorporar fotografías de personas relacionadas con quienes participan en la ofrenda abre, además, un espacio para que cada visitante establezca su propia relación con el recuerdo.
Así, una experiencia artística colectiva y una práctica personal en redes sociales pueden compartir un mismo punto de partida: hacer visible la memoria de alguien que murió; sin embargo, las formas de relacionarse con esos recuerdos son distintas. En las plataformas digitales, cada persona decide qué comparte y puede recibir respuestas directas; en el museo, las imágenes y los símbolos se encuentran con visitantes que interpretan la propuesta desde sus propias experiencias.
También cambia la manera en que los sentidos participan en el recuerdo, Gil señala que un altar físico involucra elementos como el aroma de las flores, las velas y la comida, mientras que las prácticas digitales se apoyan en imágenes, sonidos, palabras y recuerdos disponibles en una pantalla. Cada formato ofrece posibilidades distintas para expresar el vínculo con quien murió.
Las herramientas digitales pueden conservar rastros de una persona durante años, pero su permanencia no elimina la ausencia ni determina cómo debe vivirse. Del mismo modo, los rituales tradicionales no tienen una única forma de practicarse ni impiden que surjan nuevas maneras de recordar.
Entre perfiles conmemorativos, fotografías restauradas, mensajes guardados y voces recreadas con inteligencia artificial, la memoria encuentra nuevos espacios; la cuestión no es decidir si las pantallas sustituyen a los rituales, sino observar qué buscamos al conservar esos rastros, compartirlos con otras personas y volver a ellos en momentos significativos.
Una notificación inesperada puede traer de vuelta la ausencia; una imagen proyectada sobre una ofrenda puede invitar a mirar de otra manera una tradición. En ambos casos, la tecnología modifica el modo en que el recuerdo se hace presente, pero no agota su significado. Recordar sigue siendo una práctica personal y colectiva, aunque los medios para hacerlo cambien.
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