Las máscaras que revelan otras verdades
Franco Méndez Calvillo toma la identidad, la violencia y la migración a través de la transformación de rostros, figuras y paisajes
Galeria
Una imagen puede cambiar de sentido sin perder su origen. En la obra de Franco Méndez Calvillo, un rostro pasa de la fotografía al collage y de ahí a la pintura, hasta convertirse en una figura que ya no responde a su apariencia inicial.
Para el artista, esa transformación no necesariamente aleja a la imagen de la verdad; puede conducir a otras formas de comprenderla. Esta idea atraviesa El rostro del paisaje es una máscara, exposición que se presenta en el Museo Universitario de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP).
La máscara, motivo recurrente en su trabajo, hace una pregunta sobre aquello que mostramos y lo que permanece oculto. Durante una conversación sobre la exposición, Méndez Calvillo explica que su significado no se limita a esconder una identidad. También forma parte de las maneras en que las personas se relacionan con el mundo. "Todos son máscaras", afirma al recordar cómo cambia la voz según se hable con un amigo, un familiar o una figura de autoridad.
En su origen teatral, recuerda el artista, la máscara permitía representar personajes y darles características reconocibles. En su pintura, sin embargo, su función no se reduce a la representación. Puede ocultar y revelar al mismo tiempo, alterar la apariencia de un rostro o convertirlo en una figura que remite a algo distinto de lo que muestra a primera vista.
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La mentira como camino hacia la verdad
Una de las exploraciones que distinguen el trabajo de Méndez Calvillo es el desplazamiento de una misma imagen entre diferentes técnicas. En la exposición conviven pinturas, collages y trabajos sobre papel que muestran su interés por las posibilidades expresivas de cada soporte.
Al preguntarle qué pierde o gana una imagen en ese tránsito, y cuál de sus versiones podría ser la más mentirosa, el artista cuestiona la idea de que la fidelidad visual sea siempre la forma más honesta de representar algo.
"Dentro del mundo del arte, yo soy más en pro de pintar, hablando, por ejemplo, de los rostros, un rostro mentiroso, pero que siempre a través de esa mentira yo creo que hay más verdad", explica.
La pintura además de ser una reproducción de lo visible se convierte en una interpretación. El rostro reconocible no constituye necesariamente el punto final de la obra, también puede ser el inicio de una búsqueda formal que lo transforme hasta producir otro sentido.
Pintar para dejar memoria
Al hablar de los acontecimientos que incorpora a sus obras, señala que el arte también puede actuar como memoria. "Porque no porque todo esto vaya a cambiar la situación, ¿verdad? Pero es memoria", dice.
La frase permite entender el lugar que ocupan los temas sociales en una producción que no abandona la experimentación formal. La memoria no se construye solo a través de la representación literal de un hecho; también puede aparecer en una figura deformada, en una composición fragmentada o en una imagen que abandona su parecido con el referente.
El rostro del paisaje es una máscara reúne cuatro núcleos que recorren distintas etapas y búsquedas de Méndez Calvillo. La organización privilegia las relaciones temáticas y formales entre las piezas antes que una secuencia cronológica estricta. El conjunto permite observar cómo la figuración, el paisaje, el collage y la experimentación con materiales se relacionan con una preocupación constante por el cuerpo humano y sus circunstancias.
Tijuana: un paisaje de varias caras
Cuando se le pregunta qué máscara le ha puesto a Tijuana y qué rostro le ha devuelto ese paisaje, rechaza la idea de que haya construido su obra a partir de una intención tan calculada.
"Desgraciadamente, me da las temáticas fuertes", responde al referirse a la violencia que marca parte de su producción. Sin embargo, evita reducir la ciudad a esa imagen. También habla de su crecimiento, sus universidades y sus aportaciones a la música y la literatura. Tijuana, sostiene, tiene varias máscaras.
La migración es otro de los temas que ha trabajado a lo largo de los años. En el recorrido, el artista recuerda imágenes de televisión sobre un grupo de migrantes mexicanos que murió durante un intento de cruce fronterizo. A partir de ese acontecimiento comenzó una serie sobre el río Bravo y los cruces clandestinos. La noticia se convirtió en un punto de partida para una investigación pictórica que se extendió a distintas obras.
En esta exposición, la máscara no ofrece una identidad definitiva ni una respuesta única. Cambia de acuerdo con el rostro que cubre, el paisaje que atraviesa y la historia que evoca. En esa transformación se encuentra una de las preguntas centrales de la obra de Franco Méndez Calvillo: si una imagen puede dejar de parecerse a lo que representa y, aun así, acercarnos a una verdad que antes no alcanzábamos a ver.
La libertad de pintar
Esta libertad se relaciona con su formación autodidacta y con una trayectoria que tomó un rumbo distinto al previsto. Nacido en San Luis Potosí en 1948, Méndez Calvillo estudió medicina y trabajó en el ámbito hospitalario. Su estancia en Japón, a donde llegó mediante una beca del gobierno japonés para ampliar su formación médica, coincidió con un periodo de acercamiento a otras referencias culturales. El interés por la pintura se desarrolló hasta convertirse en una decisión profesional, así el 31 de diciembre de 1996 dejó la medicina y el 1 de enero de 1997 comenzó una nueva etapa dedicada al arte.
Su decisión, recuerda, encontró resistencia entre familiares y amigos. Aun así, mantuvo una práctica que entiende como un oficio que exige constancia y honestidad. Durante el recorrido por la exposición, resume su postura con una frase: "Se necesitaba 90 por ciento de transpiración, sudor y 10 por ciento de lo que fuera". Para él, la disciplina no sustituye la búsqueda personal, sino que permite sostenerla.
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