Especial | Escamoles, la mina de oro en el campo
La extracción de la hueva de hormiga, una de las joyas gastronómicas del Altiplano

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Con los últimos rayos del día, los productores aprovechan para adentrarse a un mundo diminuto: el de los escamoles. Al llegar, los sentidos se activan: la vista busca el rastro de las hormigas y el olfato confirma que es el lugar correcto. Nada es casual, el horario es estratégico. Se trabaja por la mañana, de 7 a 11, o por la tarde, de 5 hasta que el sol se esconde. Así se evita la fatiga y sobre todo, los cambios bruscos de temperatura que podrían matar a los escamoles, una pérdida que también es económica.
Entre las montañas, destaca la vegetación seca, áspera, propia de la región. En ese paisaje sobresalen las figuras de los recolectores, avanzan cargando dos cribas; una como primer filtro y otra de malla fina, destinada a atrapar los escamoles; llevan pala y talache para escarbar, pinzas para romper raíces, ramas, cinta adhesiva enrollada en manos y pies para impedir que las hormigas trepen por el cuerpo. Pero nada de eso basta sin lo esencial... los sentidos.
La extracción
Para identificar los hormigueros, primero siguen el rastro de las hormigas. Cerca de los magueyes aparece la "escama", un pulgón del que se alimentan y que sirve como señal para encontrar las troneras, los caminos que conducen al nido. También son conocidas como chiquereyes, maicitos u hormigas pedorras; este último nombre, heredado de su fama por desprender un olor parecido al azufre.
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Con una varilla, los recolectores tantean la tierra. Si no entra, no hay nido; si se hunde y comienza a subir actividad, dieron con el lugar. Entonces empieza la excavación.
Esta tradición ha ido tomando mayor conciencia con el paso del tiempo, tanto por la conservación de la fauna como por el valor económico que representa. Antes, se escarbaba sin más, extrayendo los escamoles —las pupas de hormiga— sin considerar el impacto en el nido. Ahora, como explican los propios recolectores, se abre "aguas abajo", es decir, desde la parte inferior, para evitar dañarlo.
Hacerlo "aguas arriba" puede provocar la entrada de agua. Si eso ocurre, la reina abandona el nido y con ello se pierde la posibilidad de volver a recolectar en ese sitio. El equilibrio interno de la colonia depende de ella: sin reina, el hormiguero se desintegra y también desaparece la posibilidad de futuras colectas.
Por eso hoy procuran dejar espacio y tiempo suficientes para que, después de la extracción, el nido pueda recuperarse y completar su ciclo. Ese conocimiento también se transmite a las nuevas generaciones, como una forma de preservar la tradición.
Con la ayuda de una pala, comienza la excavación. El recolector permanece cerca de su equipo, protegido con botas y cinta adhesiva en manos y pies: una barrera contra las mordeduras que, al mismo tiempo, evita maltratar a las hormigas. Incluso la propia naturaleza les da las herramientas. Con una rama, remueven la tierra con cuidado, sin "romper" el nido, y logran extraer los escamoles sin dañarlos.
Oro blanco
La hormiga pasa por distintas etapas de crecimiento: huevo, larva, pupa y adulto. Si se adelantan o se pasan de ese punto, el esfuerzo puede perderse. Para seleccionar las adecuadas, utilizan dos cribas: la primera deja caer ramas, piedras y hojas; la segunda, de malla más fina, funciona como filtro para separar a las hormigas adultas de la pupa, que es lo que buscan.
Del campo regresan a casa. Ahí, lo recolectado se sumerge en agua y llega el momento de la verdad: ¿cuánto se obtuvo? Dicen que lo que no sirve, flota.
En un nido puede haber poca o mucha suerte. En este caso, se obtuvieron entre 300 y 400 gramos. En plena temporada —de marzo a mayo—, algunos productores experimentados llegan a recolectar hasta dos kilos; en días bajos, apenas alcanzan los 100 gramos. El rendimiento se refleja en el ingreso: alrededor de mil pesos por kilo. Por eso, en buenas jornadas, no es exagerado que las llamen pequeñas minas de oro.
Pero antes de retirarse, les dejan a las hormigas lo necesario para que puedan reconstruir su nido y evitar dejar rastro.
Una delicia
El nombre escamoles proviene del náhuatl azcatl molli: azcatl, hormiga; molli, guiso. Y no necesitan mucho para destacar: basta una preparación sencilla para que aparezcan el sabor y el aroma que los caracterizan.
Ya en la cocina, la preparación mantiene la misma sencillez. Un poco de cebolla, chile y sal bastan para cocinarlos a fuego medio durante unos minutos, hasta que cambian de un tono amarillo a un color crema. Dicen que así es como mejor se aprecia su sabor natural, sin hierbas que lo opaquen. A eso se suma su valor nutricional: son bajos en grasas saturadas, ricos en minerales y vitaminas, y con un alto contenido proteico, incluso por encima de carnes como la de puerco, res o pollo. Por ello, se les ha llegado a conocer como el "caviar mexicano".
Su recolección exige tiempo y cuidado y al darse sólo en ciertos meses del año, también eleva su valor.
Escamoles, fuente de ingresos para gente de la región Altiplano
Habitantes de la comunidad Pocitos dedica todo un día a la recolección del producto

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