Vivencia de los 7 bares, gustó

Más terrenales y menos devotos, visitantes en su mayoría varones de edades jóvenes y maduras, realizaron un recorrido por siete bares para mezclar cervezas con mezcales y brandys. Hubo a quién se le cruzó la bebida y uno que otro loco que buscaba una aspirina para bajarse el dolor de cabeza.
A diferencia de los siete altares que comprometen todo un ritual, en los siete bares no hay reglas del juego. Algunos solo fueron por alcohol y otros a botanear. Eso sí, los expertos se sabían las marcas de las bebidas desde los vodkas más caros hasta las que pudieran hacer bebidas adulteradas y mezcales baratos.
Hubo quiénes ofrecieron cacahuates o rines, pescado o camarones y otros que nomás soltaron las botellas y las sirvieron a sus clientes.
Allá por el rumbo de Morelos, algunos bares sirvieron buena botana, que incluyó algunos frijolitos charros, algún corte sencillo de carne, hubo quienes hasta postre tenían a la mano y los más frecuentes, algunos platos de frituras.
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Los más creativos prepararon taquitos y se agregaron los que respetaban el motivo religioso y nada más le dieron al menú de los derivados de pescados o por lo menos algunos mililitros de caldo de camarones.
Desde los clásicos botaneros o restauranteros como El Escalón, La Consentida, El Chivas y hasta las cantinitas de mala muerte del norte del centro, todos esperaban clientes del ritual de los siete bares que movió el tablero de juego de la celebración religiosa.
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